El estrés por calor constituye uno de los principales retos para la avicultura moderna y su relevancia continuará aumentando en los próximos años como consecuencia del cambio climático y de la intensificación de los sistemas de producción.
Tanto los pollos de engorde como las gallinas ponedoras son especialmente sensibles a las altas temperaturas, lo que convierte al estrés térmico en un importante factor limitante del rendimiento productivo, la eficiencia alimentaria y el bienestar animal.
Las aves presentan una elevada susceptibilidad al calor debido a diversas características anatómicas y fisiológicas.
A diferencia de los mamíferos, carecen de glándulas sudoríparas funcionales y dependen principalmente de la evaporación respiratoria para disipar el exceso de calor corporal.
Además, el plumaje actúa como aislante térmico y limita la pérdida de calor hacia el ambiente. Esta situación se ve agravada por el elevado metabolismo de las líneas genéticas modernas, especialmente en broilers de rápido crecimiento y en gallinas de alta producción, cuya intensa actividad metabólica genera cantidades importantes de calor endógeno.
Cuando la temperatura ambiental supera la zona termoneutral, el ave activa mecanismos compensatorios destinados a mantener la homeostasis térmica.
Entre ellos destacan la reducción de la actividad física, la disminución voluntaria del consumo de pienso y el aumento de la frecuencia respiratoria. Sin embargo, cuando la carga térmica excede la capacidad adaptativa del animal, estos mecanismos resultan insuficientes y se instaura un cuadro de estrés por calor con importantes consecuencias fisiológicas y productivas.
Aunque la temperatura crítica depende de factores como la edad, genética, densidad animal o humedad relativa, diversos estudios indican que el riesgo aumenta significativamente por encima de los 30–32 °C, especialmente cuando la humedad ambiental es elevada. De hecho, condiciones superiores a 32 °C y humedades relativas superiores al 80 % se consideran escenarios de alto riesgo para la producción avícola intensiva.
El eje fisiopatológico del estrés por calor: del intestino a la pérdida de rendimiento
Durante años, se consideró que gran parte de los efectos negativos del estrés térmico sobre el rendimiento productivo eran consecuencia, fundamentalmente, de la reducción del consumo voluntario de pienso. Sin embargo, la evidencia científica más reciente ha demostrado que se trata de un proceso sistémico complejo en el que intervienen múltiples órganos y vías metabólicas. Actualmente, el eje intestino–inmunidad–estrés oxidativo se considera el principal mecanismo fisiopatológico responsable de la pérdida de rendimiento asociada al calor.
El primer mecanismo adaptativo frente a las altas temperaturas es el incremento de la frecuencia respiratoria o panting.
Mediante la evaporación respiratoria, las aves intentan eliminar el exceso de calor corporal; sin embargo, este proceso también provoca una excesiva eliminación de dióxido de carbono, originando una disminución de la presión parcial de CO₂ en sangre y el desarrollo de alcalosis respiratoria. La alteración del equilibrio ácido-base afecta a numerosos procesos metabólicos y puede comprometer la eficiencia fisiológica del animal.
Paralelamente, el organismo redistribuye el flujo sanguíneo hacia la periferia con el objetivo de favorecer la disipación térmica. Como consecuencia, disminuye la perfusión de órganos internos, especialmente del tracto gastrointestinal.
Esta reducción del aporte sanguíneo genera hipoxia intestinal y daño epitelial, alterando la integridad de las uniones estrechas entre enterocitos.
El resultado es un aumento de la permeabilidad intestinal o leaky gut, fenómeno que permite el paso de endotoxinas bacterianas hacia la circulación sistémica y desencadena una respuesta inflamatoria generalizada.
La pérdida de integridad intestinal suele acompañarse de alteraciones en la microbiota digestiva. Diversos trabajos han descrito reducciones en poblaciones beneficiosas, como Lactobacillus y Bifidobacterium, junto con un incremento de microorganismos oportunistas pertenecientes a las Enterobacteriaceae o determinados Clostridium. Esta disbiosis reduce la eficiencia digestiva y contribuye a perpetuar el estado inflamatorio.
Otro de los mecanismos centrales del estrés térmico es el desarrollo de estrés oxidativo.
El incremento de la temperatura corporal favorece la producción de especies reactivas de oxígeno (ROS), superando la capacidad antioxidante endógena del animal.
Como consecuencia, se producen daños oxidativos sobre membranas celulares, proteínas y ADN, comprometiendo la función mitocondrial y reduciendo la eficiencia metabólica. El estrés oxidativo es considerado actualmente uno de los principales responsables de la pérdida de rendimiento asociada al calor, tal y como reflejan diversos estudios experimentales y materiales técnicos disponibles.
Finalmente, la interacción entre inflamación y estrés oxidativo genera un círculo vicioso que amplifica el impacto del calor sobre el organismo. La inflamación incrementa la producción metabólica de calor y, a su vez, el exceso de calor favorece la activación de nuevas vías inflamatorias, perpetuando un estado de inflamación crónica de bajo grado.
Este fenómeno contribuye a la reducción del crecimiento, el deterioro de la calidad del huevo y de la carne, el aumento de la mortalidad y una mayor susceptibilidad frente a enfermedades.

El estrés por calor induce una cascada fisiopatológica que conecta la alteración intestinal con la pérdida de eficiencia productiva.
Diferencias fisiopatológicas entre pollos de engorde y gallinas ponedoras
Aunque los mecanismos fisiopatológicos básicos son compartidos, el impacto del estrés térmico difiere entre pollos de engorde y gallinas ponedoras debido a sus distintos objetivos productivos.
En los broilers, las consecuencias se manifiestan principalmente en forma de una reducción del crecimiento, empeoramiento del índice de conversión y alteraciones en la calidad de la canal. El estrés térmico favorece además una mayor deposición grasa y una menor síntesis proteica, reduciendo el rendimiento de pechuga y la calidad tecnológica de la carne.
En las gallinas ponedoras, por el contrario, el principal efecto se observa sobre la producción y calidad del huevo. La alcalosis respiratoria derivada de la hiperventilación disminuye la disponibilidad de bicarbonato, esencial para la formación del carbonato cálcico de la cáscara. Como resultado, se obtienen huevos con cáscaras más finas y frágiles, aumenta el porcentaje de huevos rotos y disminuye la persistencia de puesta. Asimismo, el estrés oxidativo puede acelerar el envejecimiento ovárico y comprometer la calidad interna del huevo.

El impacto productivo del estrés térmico difiere en función del objetivo productivo del ave.
Impacto productivo y económico del estrés por calor en avicultura
Las consecuencias del estrés por calor trascienden el ámbito fisiológico y se traducen en pérdidas económicas significativas para las explotaciones avícolas.
La reducción del consumo voluntario de pienso constituye uno de los primeros signos clínicos observables, pero está lejos de ser el único factor implicado. El deterioro de la eficiencia digestiva, el incremento del gasto energético destinado a mantener la homeostasis y la activación de respuestas inflamatorias e inmunitarias generan una redistribución de nutrientes que prioriza la supervivencia frente a la producción.
En pollos de engorde, el resultado es una disminución de la ganancia media diaria, un empeoramiento del índice de conversión y un aumento de la mortalidad durante los episodios de calor severo.
Además, el estrés térmico favorece una mayor deposición de grasa corporal y reduce la síntesis proteica, afectando negativamente al rendimiento de pechuga y a la calidad tecnológica de la carne. El incremento de la oxidación lipídica también puede comprometer la estabilidad del producto durante el almacenamiento.
En gallinas ponedoras, el estrés por calor reduce la persistencia de puesta y el peso del huevo, al tiempo que deteriora tanto la calidad interna como externa.
La disminución del grosor de la cáscara incrementa el porcentaje de huevos rotos o fisurados, mientras que el daño oxidativo puede afectar a parámetros como las unidades Haugh y la estabilidad de la yema.
Todo ello repercute directamente sobre la rentabilidad de la explotación y la calidad del producto final.
Estrategias nutricionales frente al estrés por calor: más allá del control ambiental
Aunque las medidas de manejo y ventilación continúan siendo la primera línea de defensa frente al estrés térmico, la nutrición desempeña un papel cada vez más relevante en la mitigación de sus efectos.
La comprensión del eje fisiopatológico del estrés por calor ha impulsado el desarrollo de estrategias nutricionales dirigidas a modular el comportamiento ingestivo, proteger la integridad intestinal, reducir el estrés oxidativo y controlar la inflamación subclínica.
El objetivo actual ya no consiste únicamente en minimizar la caída del consumo, sino en mejorar la capacidad adaptativa del animal frente a los desafíos térmicos y preservar su rendimiento productivo.
Modulación del comportamiento ingestivo y mantenimiento del consumo
La reducción voluntaria del consumo de pienso constituye una respuesta adaptativa destinada a disminuir la producción metabólica de calor. Sin embargo, esta estrategia compromete el aporte de nutrientes y agrava las pérdidas productivas.
En los últimos años se han desarrollado soluciones basadas en compuestos sensoriales y extractos vegetales capaces de modular el comportamiento ingestivo y mejorar la adaptación del animal al estrés.
Estos compuestos actúan sobre mecanismos neurofisiológicos implicados en la percepción ambiental y la respuesta al estrés, favoreciendo el mantenimiento del consumo de alimento y agua durante los periodos de altas temperaturas.
Los resultados experimentales disponibles muestran que este tipo de estrategias pueden contribuir a recuperar parcialmente la reducción del consumo observada bajo estrés térmico y mejorar el comportamiento de bebida, favoreciendo el mantenimiento del rendimiento hasta el final del ciclo productivo.
En modelos experimentales realizados bajo condiciones de 34–36 °C y humedades superiores al 80 %, se observaron mejoras en el consumo y en la adaptación de los animales al desafío térmico.
Reducción del estrés oxidativo mediante antioxidantes naturales
Dado el papel central del estrés oxidativo en la fisiopatología del calor, el empleo de antioxidantes nutricionales constituye una de las estrategias con mayor respaldo científico.
Los polifenoles vegetales han despertado un especial interés debido a su capacidad para neutralizar especies reactivas de oxígeno y modular diversas vías celulares implicadas en la inflamación y la respuesta al estrés.
Entre ellos, los extractos ricos en polifenoles procedentes de semillas y piel de uva destacan por su elevada capacidad antioxidante. Estos compuestos pueden proteger las membranas celulares frente a la peroxidación lipídica y preservar la funcionalidad mitocondrial, contribuyendo a mantener el rendimiento productivo y la calidad de los productos avícolas.
Diversos estudios han mostrado reducciones significativas de los marcadores de oxidación lipídica en carne y mejoras en parámetros de calidad del huevo cuando se emplean estrategias antioxidantes basadas en polifenoles vegetales.
Los materiales técnicos disponibles describen reducciones de hasta un 69 % en determinados indicadores de oxidación lipídica y mejoras en la calidad interna del huevo bajo condiciones de estrés térmico.
Control de la inflamación subclínica y soporte inmunitario
La inflamación crónica de bajo grado constituye uno de los principales mecanismos responsables de la pérdida de eficiencia durante el estrés térmico. Por ello, la modulación de la respuesta inflamatoria emerge como una estrategia nutricional de gran interés.
En este contexto, la curcumina ha sido ampliamente estudiada por sus propiedades antioxidantes e inmunomoduladoras. Sin embargo, su baja biodisponibilidad limita su eficacia práctica. El desarrollo de tecnologías galénicas avanzadas y sistemas de vectorización ha permitido aumentar su absorción y potenciar sus efectos biológicos.
Los estudios realizados en avicultura indican que la suplementación con curcumina de alta biodisponibilidad puede modular la respuesta inmunitaria, favorecer la producción de citocinas antiinflamatorias y mejorar el rendimiento productivo bajo condiciones de estrés térmico.
En modelos experimentales se han observado incrementos en la concentración plasmática de interleucina-10 (IL-10), una citocina con reconocida actividad antiinflamatoria, acompañados de mejoras en el peso vivo y la supervivencia.
La reducción de la inflamación intestinal no solo disminuye el gasto energético asociado a la respuesta inmune, sino que también contribuye a preservar la integridad de la barrera intestinal y mejorar la eficiencia alimentaria.

Las estrategias nutricionales actuales buscan actuar sobre múltiples mecanismos fisiopatológicos del estrés térmico.
Una aproximación multifactorial para un problema multifactorial
La evidencia científica actual indica que el estrés por calor no puede abordarse mediante una única estrategia nutricional. Dado que se trata de un proceso complejo en el que intervienen alteraciones conductuales, oxidativas, inflamatorias e intestinales, las soluciones más eficaces son aquellas capaces de actuar simultáneamente sobre varios mecanismos fisiopatológicos.
En este sentido, la combinación de estrategias orientadas a mejorar la adaptación del animal, reforzar las defensas antioxidantes y modular la inflamación puede contribuir a aumentar la resiliencia de las aves frente a los episodios de calor y a reducir el impacto económico asociado al estrés térmico.
Conclusiones
El estrés por calor representa uno de los principales desafíos para la avicultura del siglo XXI. Lejos de ser un simple problema de temperatura, constituye un proceso sistémico que afecta a la integridad intestinal, el estado oxidativo, la respuesta inmunitaria y el metabolismo del animal. La comprensión del eje fisiopatológico intestino–inmunidad–estrés oxidativo ha abierto nuevas oportunidades para el desarrollo de estrategias nutricionales más precisas y eficaces.
La aplicación combinada de medidas de manejo y soluciones nutricionales basadas en evidencia científica permitirá mejorar la resiliencia de pollos de engorde y gallinas ponedoras frente a los desafíos térmicos, contribuyendo a mantener el rendimiento productivo y el bienestar animal en un contexto de creciente presión climática.
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